Hoy yo fui a "La casita de todos" cansada, contracturada, dolorida, con poca paciencia y cara de pocos amigos. Yo siento que el mundo me devuelve una imagen de como estoy en cada momento. Antes de llegar casi nos atropellan a mi hijo y a mi, una señora que tomó el paso de peatones como si fuera una autopista. Gracias a esa situación y el cagazo que me pegué, descargue una adrenalina que me estaba matando y tomé conciencia de como me estaba sintiendo: ENFADADA y NECESITADA. ¿Qué me encontré en "La casita de todos", niños molestos, confluctuando por todo, pegandose y arañandose, estrés o sea, niños necesitados y enfadados.... Podía haberme puesto a culpabilizar al exterior, en algún momento me cagué en todo, he de reconocer, aunque en seguida volvia en mi y me me repetía, no lo reprimas, así es como te sientes tu. E hice lo que pude y les agradeci interiormente que fueran tan generosos de mostrarme lo que me estaba pasando. Me amé a mi misma tal y como soy que es lo que le repito a mi hijo una y otra vez, "Te amo tal y como eres. Estamos creciendo juntos" Llegue a mi casa y mi madre me estaba esperando al otro lado del skype, todo un regalo, ajjajajjajajjajajja y la contractura cedió un poco y el dolor es más suave y llevadero. Me tuve paciencia y amor y por eso pude tener paciencia y amor a los niños que pegaban y reñían mostrandome como me sentia yo y el mundo ahora me refleja una imagen de mi misma mejor. Gracias a todos los participantes......
Este es un articulo de Laura Gutman que, me gustó leer, todo vuestro:
"¿Los niños necesitan límites o presencia materna?
Este es un articulo de Laura Gutman que, me gustó leer, todo vuestro:
"¿Los niños necesitan límites o presencia materna?
Solemos determinar que un niño “no
tiene límites” cuando “pide” desmedidamente o cuando su
movimiento constante nos distrae o nos reclama atención. Sin
embargo, antes de juzgarlos y rotularlos en su comportamiento,
tratemos de ponernos en su lugar, de imaginarnos en su cuerpo y en
su confusión, en la imposibilidad de comunicar lo que genuinamente
necesita. El niño utiliza el mismo sistema confuso de pedir “lo
que puede ser escuchado” y no lo que realmente desea. Ya ha
constatado que lo que molesta, siempre es prioritario en la atención
de los demás.
Cuando los adultos no logramos
reconocer con sencillez y sentido lógico una necesidad
personal, tampoco podemos comprender la necesidad específica de un
niño, y menos aún si está formulada en el plano equivocado. Sin
darnos cuenta, pedimos lo que creemos que será escuchado y no lo
que realmente necesitamos. A este fenómeno tan frecuente y
utilizado por todos nosotros, lo denomino: “pedido desplazado”.
Por ejemplo: las mujeres necesitamos
que nuestro esposo nos abrace y nos diga cuánto nos ama. Sin embargo
en lugar de explicitar nuestra necesidad afectiva, le rogamos que se
ocupe de cambiar al bebé. Cuando un deseo es expresado a través de
otro deseo, aparece el malentendido. Inconscientemente
solicitamos algo diferente de lo que necesitábamos, por lo tanto no
obtenemos lo deseado, y así nos sentimos incomprendidas,
desvalorizadas y enfadadas. En el plano emocional, cuando no sabemos
lo que nos pasa o no lo podemos explicar, obviamente nada ni nadie
logran satisfacernos.
En relación a los niños, esta
situación es tan corriente que la vida cotidiana se convierte en “un
campo de batalla”. Levantarse para ir a la escuela, comer, bañarse,
ir de compras, hacer la tarea, llegar o irse de algún lugar, ir a
un restaurante en familia; todo parece ser “un gran malentendido”
donde todos terminamos molestos. Y hemos encontrado un rótulo muy de
moda aplicable a casi cualquier niño y a casi cualquier situación:
“a este niño le faltan límites”
El tema de los límites -como se lo
entiende vulgarmente- es un problema falso, ya que no se
vincula con la autoridad o la firmeza con que decimos no. Al
contrario, se resolvería fácilmente si fuésemos capaces de acordar
entre el deseo de uno y el deseo del otro con sentido lógico
para ambos. Y para ello se necesita capacidad de escucha, una
cierta dosis de generosidad, reconocimiento de las propias
necesidades, y luego la comunicación verbal que legitime y
establezca lo que estamos en condiciones de respetar sobre el acuerdo
pactado.
Nos preguntamos cómo
hacer para que nuestros niños se comporten bien, sean amables y
educados y puedan vivir según las reglas de nuestra sociedad. Sin
embargo, estos “resultados” no dependen tanto de nuestros
consejos, -y mucho menos de nuestro autoritarismo- sino de lo que
podemos comunicar genuinamente. Para ello se requiere un trabajo de
introspección permanente. No puedo contar qué me sucede si no sé
qué me pasa de verdad. Luego, es necesario saber lo que le pasa al
niño. Y sólo después será posible llegar a acuerdos basados en
el conocimiento y la aceptación de lo que nos pasa a ambos. Si
queremos niños dóciles y comprensivos, tendremos que entrenarnos en
la dulzura hacia ellos y hacia nosotros mismos.
Por otra parte, ir en busca del pedido original del niño, requiere un conocimiento genuino sobre las necesidades básicas de los más pequeños. Los adultos consideramos con frecuencia que “ya son demasiado grandes para...” Invariablemente deberían lograr algo que aún les resulta inalcanzable como habilidad: jugar solos, no chuparse el dedo, permanecer en las fiestas de cumpleaños sin nuestra presencia, dejar el biberón, no interrumpir cuando los grandes conversan, quedarse quietos, estudiar solos, no mirar la tele, no molestar, etc.
Pero lo verdaderamente
complejo, es que la presencia comprometida de los padres es
escasa. Cuando los niños “no tienen límites, piden
desmedidamente o no se conforman con nada”, están reclamando
desplazadamente presencia física y también compromiso emocional.
De hecho, cuanto más insatisfechos estén los niños, más
reclaman, menos los toleramos y más los adultos los echamos de casa
porque nos desgastan. Los enviamos a pasar largas jornadas en las
escuelas, fines de semana en casa de los abuelos, múltiples
actividades extra escolares…ahondando la desconexión y el abismo
que nos separa.
Un niño que nos exaspera
es simplemente un niño necesitado.
Por eso
el tema de los límites es un problema falso. Cuando hablamos
de límites, hay que considerar nuestras capacidades de comunicación
y de franqueza con la que nos dirigimos a nuestros hijos.
Esto no significa que
debamos soportar la tiranía de caprichos absurdos. Al contrario, el
niño no es libre de hacer cualquier cosa, pero nosotros tampoco. Se
trata de preguntar al niño qué necesita, en qué lo podemos ayudar,
y se trata de relatar también qué nos sucede a nosotros los adultos
y qué estamos en condiciones de ofrecer. Luego, haremos algunos
acuerdos posibles. Así de fácil.
Laura Gutman"
Roma, la mamá de Bruno



















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